por Yoani Sánchez, La Habana
Caruso me despierta. El gallo de mi barrio ha perdido la noción del tiempo y a las tres de la madrugada lanza un canto alto y claro que me saca de la cama. Lleva años marcando nuestros despertares y, probablemente, sea el hijo o el nieto de aquel primer Caruso, como lo bautizamos mi esposo y yo al sentir su potencia y su riqueza de tonos. No sabemos cómo ha logrado sobrevivir en un país donde una sopa de pollo es el sueño de muchos, pero ahí está, adelantándose cada día al sol.
Este miércoles tengo una misión complicada. Debo ir a una feria cercana al Capitolio de La Habana a comprar unas varillas de soldar y unos metros de cable royal cord. En Cuba el que no sepa algo de albañilería, bricolaje y electricidad está muerto de antemano. La mayoría de las reparaciones dependen de uno mismo y la compra de los insumos, para cualquier renovación, corren de la mano de los propios interesados. Así, he tenido que aprender el número de granos de una lija para madera o para metal, el abecé de la termofusión de tuberías de agua y algunos rudimentos de electricidad, para que no me vendan cable 14 como si fuera 12.
No echo una capa de agua en la cartera aunque hay lluvia anunciada. Si ya me cayó el aguacero de ayer… hoy no me tocará, me digo. Me paro en Rancho Boyeros y estiro el brazo. Hay dos posibles señas. Con el dedo pulgar señalando hacia adentro significa que voy para Centro Habana, el índice apuntando hacia afuera señala que me dirijo a El Vedado. Pero nadie para, aunque hago ambas. Me voy caminando. Tomo Ayestarán un tramo y doblo en 20 de Mayo. La hija de una amiga cumple años y su madre quiere hacerle una ensalada fría con salchichas. Me ha encomendado la tarea de conseguir los dichosos “perritos”, que escasean por estos días.
Hay una tienda estatal en dólares en Infanta y Santa Marta donde me han dicho que es posible que haya. Desde que comenzó la venta de alimentos y productos básicos en divisas, estos mercados están en el centro del malestar popular. Pagar los salarios en pesos cubanos y exigir la moneda estadounidense para adquirir las urgencias de cada día no pega con lo que nos dicen desde las tribunas sobre un socialismo inclusivo y profundamente humano. A las afueras del local, que milagrosamente tiene electricidad, hay un anciano que estira la mano y me pide algo “para comer”.
Entro y pongo mi cartera en el guardabolsos, porque no hay mercado en dólares que no obligue a dejar la jaba afuera. El primer golpe va a la nariz. Huele a carnes en mal estado. En los estantes hay latas de champiñón laminado pero falta la leche. Han ubicado a la vista algunos pomos de espárragos en conservas pero no hay mantequilla. Tampoco tienen huevos, aunque en una de las repisas promocionan aceitunas negras “a la griega”, resecas y saladas. ¿Quién compra los productos para estos locales? ¿Cómo es posible que no tengan latas de sardinas ni queso pero sí un trozo de bacalao, del que un kilogramo cuesta la pensión completa de tres meses? Hay salmón congelado pero no tienen aceite vegetal.
“Perritos” tampoco hay. La más socorrida presencia en los platos cubanos está en búsqueda y captura. Las salchichas han matado el hambre de las familias en esta Isla por décadas. Fáciles de conservar, divisibles ad infinitum –en unidades, pedazos y hasta convertidas en picadillo– han sido merienda, cena romántica y han engrosado las jabas que las familias llevan a sus parientes en prisión. Amén de su bajo valor nutricional, son tan imprescindibles para completar la ración diaria que cuando se ausentan crean un cataclismo doméstico en este país.
Salgo con las manos vacías del mercado que, supuestamente, iba a tener todo lo que necesitáramos y que pudiéramos pagar en “la moneda del enemigo”. Acelero hasta Carlos III y le entro con ganas a Reina. Nada más comenzar mi caminata por los portales de la más señorial de las calles habaneras, me sacude la imagen de los puestos de venta aquí y allá. No son, como hace unos años, merolicos que venden esponjas de fregar y pegamento instantáneo. Están ofertando basura.
Hay un hombre que exhibe sobre el suelo del portal calzado usado y arrugado, expuesto largamente al sol y la intemperie. Tiene también unos viejos mandos a distancia que nadie sabe si alguna vez volverán a funcionar pero que llevan la huella, todavía, de la grasa corporal de su último propietario. El hombre levanta la vista y me señala su mejor mercancía. Son unos codos de plomería (fontanería) de media pulgada que llevan adheridas aún las sales del agua dura que nos bombean cada día. No hay instalación hidráulica que resista tanta desidia. Lo sé porque vivo arreglando fugas aquí y salideros allá. Cada semana le dedico más tiempo a solucionar los problemas de los tragantes y los tubos que a escribir textos periodísticos.
Más adelante hay otro vendedor de basura. Son todos objetos sacados de los tantos vertederos que se extienden por la ciudad. Este ha tenido menos cuidado y apenas ha limpiado un poco los objetos antes de ponerlos en exhibición, así que llevan costras aquí, pegotes allá, suciedades incrustadas. Tiene un solo zapato en exhibición; es el del pie derecho, de mujer, y calculo que de un número pequeño, quizás para una adolescente. Tiene también una antena de radio rota y una cafetera italiana a la que le falta el asa y el embudo.
Avanzo unos metros y una anciana me ofrece un calendario de 2016 y un blíster de pastillas de las que apenas se puede leer el nombre por la suciedad. Salgo casi corriendo, aguanto la respiración al pasar por el portal de la tienda Ultra y, cuando desemboco en el parque de La Fraternidad, se me enciende el bombillo. El mercado estatal La Isla de Cuba me queda a pocos metros. “Seguro que ahí sí que hay salchichas”, me digo. Cruzo con tanto entusiasmo la calle que está a punto de atropellarme el único vehículo con motor que, probablemente, ha pasado por ahí en largos minutos en medio de la crisis energética que vivimos.
Otra vez frustración. Hay un ambiente pesado y sórdido en esta tienda. Muchos empleados vigilan cada paso que da el cliente, como si todos fuéramos potenciales ladrones. La zona de la carnicería está vacía. Tiene un pomo de alcaparras españolas pero falta el pollo congelado. Las salchichas brillan por su ausencia. La ensalada fría para el cumpleaños de la hija de mi amiga tendrá que ser solo con coditos y mayonesa casera.
Finalmente, llego al mercado de cosas de ferretería. Es como una candonga de vendedores particulares, a pocos metros de la sede del Parlamento cubano. Ellos tan formales allá, aprobando por unanimidad cada ley que les bajan desde arriba y estos acá, resolviendo problemas reales. ¿Un latiguillo para el fregadero? ¿Un interruptor para regular la luz que casi nunca tenemos? ¿Un tubo de desagüe para inodoro? “Pide por esa boca que nosotros lo tenemos”, me asegura un joven comerciante. Indago por diez metros de royal cord. La transacción es rápida. No huele a carne podrida como la tienda en dólares. Nadie me pide que deje mi bolso fuera. Nadie revisa con desconfianza los billetes que entrego. Salgo con mi cable sobre las clavículas para que me sea más fácil llevarlo.
Regreso a casa a pie. No queda de otra porque casi no hay transporte. Al pasar por Reina, el viejo vendedor vuelve a sacudir frente a mi cara el calzado del que solo tiene el pie derecho. Hacemos juntos un conjunto pavoroso. Él como un loco con un zapato adolescente en la mano, yo como un suicida con un cable alrededor del cuello.
